martes, 8 de septiembre de 2015

Cómo conocí a Adriana Hugo




A Adriana la conocí hace tres meses en Zaragoza, iba a un recital al que no conocía a ninguno de los poetas; ella sería mi compañera de habitación en el hotel. Y de cama. Solo había una cama. Era imposible no fijarnos: dos celíacas veganas que coinciden en una habitación. Dos ciervas invitadas a un recital de poesía en Zaragoza. Dos mujeres blanquísimas que comen mantequilla de cacahuete con la cuchara.

Cuando la vi tenía los ojos pintados de abismo y era una mariposa de mar de noche. Ella es la jaula que contiene el secreto de todas las respiraciones de asombro, ella es el pulmón de la nieve cuando parece caer de los árboles. Habla en inglés con los animales y con sus ojos, gigantes tigres, habla planetas. Adriana y yo tenemos muchos proyectos futuros. Os comparto citas y fragmentos de sus textos. Para leer sus poemas hay que esperar a febrero con su nuevo libro:






Me sobra bruma.
Aquí hay demasiadas capas de luz apagada y ciega.
Veo cristales carcomiéndose juventud a mordiscos. Iris refractarios sin nada de decir.

Marañas de mal aliento por todo lo que, antes de estallar, enjaulas, pero no digieres por dentro.
Capaces. Inmóviles. Atrapados siempre en el rumbo fijado y las cuatro paredes de un cuarto que te sabe tuyo, como si fueras extraño.
Hay sangre en la almohada.
Hay sangre en el colchón.
Hay sangre en las sábanas.
Hay sangre tiñendo las paredes.
Un recuerdo.
Supresión del ser.
Vida despojada de llanto, oportunidad, gozo. Fiesta que cancelo cada mes cuando finjo que muerte, y alas después.
Cubro el pecado de ser mía. De ser mía ahora. Así se renueva el helado difuso que monta en cólera rebelde. Así, nunca apaciguado triángulo ausente chorreándome entre las piernas.

La otra noche acudiste a mí. Prometiendo vómito.

Escarcha.

Muté. Espejismo de la no existencia.
Lloro vacuo. Lloro fatuo. Lloro lacra. Lloro no lloro.
Ahogo.

Me sobra bruma.
Y a ti, ¿no te falta nada?



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No había sentido nunca tan próxima a la muerte, ahora que no me quiero matar


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Adriana Hugo no es una persona. Tampoco un ser del espacio. Ni la alucinación de una mente esquizofrénica. Adriana Hugo es la amiga invisible de una niña que lleva jugando debajo de la misma mesa muchos, muchos años. Ahora el mundo empieza a conocerla, porque esa criatura -a la que jamás suelta la mano- ha comenzado a pronunciar su nombre en voz alta, a dejar ver su respingona naricita por entre las faldas del mantel que da forma al mueble. Una niña escondiéndose del ruido y los planetas dentro de la campana que llama "madre". Cuando Adriana Hugo decide dar pequeños y progresivos pasos hacia la realidad de los humanos, lo hace con el cuerpo de la pequeña pegado a sus gigantescas piernas, mirando tímidamente de cuando en cuando más allá de esos pilares que la sostienen. Adriana Hugo ha empezado a respirar. Toma aire poetizando su lenguaje en hojas de papel. Y lo suelta delante de micrófonos en hogares adoptivos. Juntas, Adriana Hugo y su eterna amiga, están terminando de dar forma al libro que publicarán con la editorial Lapsus Calami -entre los meses de Enero y Febrero del 2016-. El primer grito de guerra con el que piensan acunar a todos aquellos que compartan su naturaleza de burbuja peluda y tienen sed de vida nueva.

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