jueves, 1 de diciembre de 2011

la náusea también es una aventura

FOTO que corrobora los hechos descritos








El Domingo dormí en el aeropuerto. Estaba bastante molesta con esta acción antes de llegar. Ya me imaginaba vagando 7 horas con frío y maleta y grandes dolores de espalda. Me dirigía a Colonia y tenía que estar fresca para una jornada en la Universidad, tocando para profesores y observando clases; una vez más iría sin dormir. Sin embargo, una vez allí, encontré cosas de lo más curiosas. Estuve un rato echada en un pasillo con moqueta, después bajo un árbol gigante de navidad leyendo y comiendo galletas y ví mucha gente extraña. Finalmete encontre un Starbucks y todo el mundo dormía en los sofás. La música navideña versión Jazz, que da un ambiente tan hogareño a los starbucks para que no quieras parar de pedir hot chocolates y ginger bread lattes, sonaba muy fuerte de fondo para amenizar una visión de todo un local lleno de gente dormida, que más bien parecía asesinada. Todos con chaquetas y gorros aún puestos y sus maletas al lado. La mesa vacía, nadie estaba consumiendo nada. Fue una visión épica. Esta aventura del "yo" celebrando una simple visión, me hizo pensar en la Náusea de Sartre, y he seleccionado unos pasajes que creo que describirán a la perfección esa pequeña victoria del que se sabe un observador insospechado a ojos de la masa:









"Estoy solo, la mayoría de los paseantes han regresado a sus casas, leen el diario de la noche mientras escuchan la radio. El Domingo declinante les ha dejado un gusto a ceniza, y piensan ya en el Lunes. Pero para mí no hay Lunes ni Domingo; Hay días que se empujan en desorden, y de pronto, relámpagos como éste.

Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera; no puedo describirlo, es como la náusea y sin embargo es precisamente lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que yo soy yo y que estoy aquí; soy yo quien hiende la noche, me siento feliz como un héroe de novela."



***


  " La plaza Ducoton está vacía. ¿Me equivoqué? Me parece que no lo soportaría. Realmente, ¿no va a suceder nada? Me acerco a las luces del café Mably. Estoy desorientado, no sé si entraré; echo una ojeada a través de los grandes vidrios empañados. La sala está abarrotada. El aire es azul por el humo de los cigarrillos y el vapor que desprenden las ropas húmedas. La cajera está en el mostrador. La conozco bien: es pelirroja como yo; tiene una enfermedad en el vientre. Se pudre dulcemente bajo las faldas, con una sonrisa melancólica, semejante al olor a violetas que exhalan a veces los cuerpos en descomposición. Un estremecimiento me recorre de la cabeza a los pies: ella... ella es lo que me aguardaba. Estaba allí, irguiendo su busto inmóvil sobre el mostrador; sonreía. Desde el fondo de este café, algo retrocede a los momentos dispersos del domingo ylos suelda unos con otros, les da un sentido: he atravesado todo este día para rematar aquí, con la frente pegada a este vidrio, para contemplar ese fino rostro que se abre sobre una cortina granate. Todo se ha detenido: este gran vidrio, ese aire pesado, azul como agua, esa planta carnosa y blanca en el fondo del agua, y yo mismo, formamos un todo inmóvil y pleno; soy feliz."



       

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